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El Debate Sobre Televisión y Violencia. Guía para Espíritus Desconcertados

Edison Otero

 
 

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La literatura sobre el tema ‘televisión y violencia’ revela que se trata de un asunto que provoca alto interés en la mayoría de los países del mundo. Nueva Zelandia y algunos países asiáticos constituyen excepciones a esta constatación. El primer hecho a tener en cuenta no es que los contenidos violentos de la programación televisiva provocan conductas violentas en la teleaudiencia (se dice que en los niños, principalmente), sino que hay un permanente debate acerca de la verdad o falsedad de tal afirmación, debate que no tiene visos de concluir. Este enfrentamiento tiene dos niveles: uno que se produce entre sectores de la opinión pública y otro que ocurre en el ámbito académico y científico. En el primer nivel, la discusión tiene como protagonistas a agrupaciones civiles, funcionarios educacionales, líderes religiosos, políticos, periodistas y a los propios medios de comunicación. En el segundo nivel, la polémica implica a especialistas de una variedad de disciplinas: psicología, psiquiatría, sociología, antropología, comunicología.

Un segundo hecho a consignar es que los antecedentes que se manejan en uno y otro de los niveles son de diversa naturaleza y no se traspasan habitualmente. Mientras en el nivel de la opinión pública hay un manejo constante de cuestiones episódicas y anecdóticas, mezcladas con opiniones, creencias y una variedad de juicios morales y de reacciones emocionales, en el área académica se intenta formular balances a partir de una diversidad de investigaciones específicas. No cabe duda que las urgencias son experimentadas por ambos segmentos de la discusión de modo diferente. Mientras en la opinión pública y sus sectores se espera del mundo académico y científico una conclusión categórica y definitiva que permita cursos concretos de acción que minimicen la ansiedad de padres y profesores, los investigadores mismos no experimentan tal ansiedad y se ciñen al ritmo que estas cuestiones de hecho han tenido siempre. Por lo demás, aunque vanamente, tratan siempre de hacer ver que los debates no pueden ser zanjados concluyentemente por ningún informe en particular, por ningún estudio específico o ningún experimento determinado.

Desgraciadamente, o felizmente, que el debate científico tome su tiempo antes de arrojar conclusiones categóricas parece no tener consecuencias concretas lógicas sobre la opinión pública. De hecho, muchos padres limitan el consumo televisivo de sus niños, cuando no simplemente eliminan el televisor de sus hogares. De hecho, muchos directores de colegio, orientadores y profesores jefes de cursos, estimulan y presionan a los apoderados para que asuman decisiones de esa naturaleza. De hecho, organizaciones civiles se movilizan para obtener la censura o el control de la programación televisiva. De hecho, organismos estatales censuran el contenido de la programación televisiva, en materias de violencia y de sexo. De hecho, los periódicos y las revistas contienen reportajes responsabilizando a la televisión de los referidos males. En suma, para estos sectores las conclusiones ya existen y dan respaldo sus acciones.

Ha de resultar sumamente sorprendente, desconcertante y paradojal para cualquier espíritu mínimamente inquieto el enterarse que la investigación científica disponible hasta aquí no proporciona el respaldo categórico que se alega para esas acciones cotidianas y para las medidas privadas y gubernamentales que se implementan y redundan en decisiones de censura de contenidos. Puede constatarse, así, que las creencias sobre el tema tienen mayor agencia social que el prudente y razonador estilo científico. Como la historia lo demuestra sobradamente, no será la primera vez que la ciencia y las creencias caminen por rutas separadas.

¿Qué hacer con el desconcierto? Tal vez, lo primero a hacer es reflexionar sobre el sentido de este desconcierto. La única explicación para el desconcierto es que se creen ciertas cosas, se las da por probadas y, en consecuencia, no se formulan preguntas. Cuando, de pronto, se sostiene lo contrario, se produce la incongruencia entre lo que se creía bien fundado y el testimonio escéptico de una diversidad de investigadores. Como, después de todo, continuamos atribuyendo autoridad a la ciencia en materia de conocimiento, se experimenta un conflicto de lealtades entre lo que se cree y lo que no pocos investigadores niegan. ¿A quién creerle?

Una de las principales fuentes de ambigüedad es la actitud de los propios medios de comunicación, entendidos como empresas e industrias. De una parte, las profesiones asociadas íntimamente a la existencia de los medios de comunicación -principalmente, periodistas y publicistas- han sido activos propagadores de la creencia de que los medios de comunicación tienen efectos poderosos sobre las personas y sobre la sociedad en su conjunto, sus instituciones y sus valores. A estas profesiones les resulta funcional la mantención de este mito. Por otra parte, al mismo tiempo que lo propagan y lo mantienen, deben enfrentarse a la acusación de que, precisamente por el poder que tienen, han de ser responsables de consecuencias dañinas como la sobreexposición de la violencia y del sexo y sus consecuencias en la gente. El único modo razonable de responder a esta acusación es que los medios de comunicación no pueden tener responsabilidades tan exclusivas y determinantes en los males que se indica, ya que no tienen ingerencias tan universales en las personas y la sociedad en su conjunto. Sin embargo, admitir esto significaría poner en entredicho el mito de los efectos poderosos, universales y permanentes. Eso echaría a perder el negocio. Los anunciantes no tendrían ya razones de peso para sus astronómicos gastos publicitarios y los políticos ya no correrían desesperados para ser entrevistados cada día que pasa. Como consecuencia de este dilema, los medios y sus profesionales flotan en la ambigüedad, imposibilitados de admitir el caracter mitológico del supuesto ‘cuarto poder’; al mismo tiempo, para alivianar sus sentimientos de culpa, adhieren formalmente a todas las declaraciones que terminan expresándose en decisiones de censura. Así, sus actitudes están trapasadas de ambivalencia.

Lo más sensato es, pues, remontar el río hasta sus orígenes y saber lo que puso en marcha este mito. Diversos pensadores de los medios de comunicación -como Lazarsfeld, Czitrom o Rosengren, no han titubeado en señalar el ‘pánico moral’ como iniciador de esta preocupación. En los años ‘20 y ‘30, se creyó irreflexivamente en el poder de la propaganda y los mismos temores que se manifestaron acerca del periódico, del cine y la radio, se expresaron respecto de la televisión a partir de los años ‘60.

Los experimentos de laboratorio del psicólogo estadounidense Albert Bandura y los informes del Instituto de Salud Mental entre 1973 y 1982 han sido hitos en esta campaña sistemática contra la televisión. Los experimentos de laboratorio de Bandura han sido expresamente criticados por su caracter artificial y no obstante las limitaciones que el propio autor manifestó sobre las conclusiones que obtuvo, continúan siendo referidos como instancia probatoria. Ha habido, pues, oídos sordos sobre sus claras limitaciones. En cuanto a los famosos informes de Instituto de Salud Mental de los EEUU -tan abiertamente celebrados en Chile por connotados doctores y psiquiátras- han sido cuestionados severamente por la poca seriedad de sus conclusiones. La principal objeción es que suma antecedentes obtenidos de investigaciones metodológicamente distintas, algo así como sumar plátanos y naranjas. Por otra parte, ambos informes manejan tendenciosamente la información, ignorando experimentos capitales como los de Milgram y Shotland. Los agitadores del mito, que utilizan a la televisión como el chivo expiatorio de los males de la sociedad actual, acuden una y otra vez sobre estos mismos antecedentes con un estilo acrítico digno del más celosos de los dogmáticos. Periódicamente se informa de nuevos informes, generalmente estadounidenses. Jamás se los examina en detalle. Nunca se conocen interpretaciones alternativas, de hecho existentes.

Pero, además de conocer antecedentes serios que concluyen en dirección contraria al mito -tarea ineludible para cualquier espíritu inquieto- un camino particularmente provechoso es desarrollar una reflexión alternativa, consistente en poner a la vista qué es lo que resulta necesario creer a pie juntillas para creerse la afirmación de que los medios de comunicación producen causalmente conductas violentas en los niños.

1. En primer lugar, hace falta creer que todos los canales de televisión de todo el mundo transmiten el mismo tipo de contenido todo el tiempo. Esta sería una condición imprescindible para que produjera efectos similares en todos los niños.

2. En segundo lugar, hace falta que todos los niños sean una realidad homogénea, que percibe e interpreta todos los contenidos violentos de la televisión de la misma manera, todo el tiempo. O sea, es necesario que postulemos una condición mental infantil independiente de la cultura y la sociedad.

3. En tercer lugar, hace falta que (a) o todos los niños tengan la mente prácticamente vacía y pasiva, y la televisión se las llene, o que (b) lo que sea que tengan en la mente (otros aprendizajes valóricos y conductuales) es avasallado y superado por la televisión.

4. En cuarto lugar, es necesario que los contenidos de la televisión sean, ante todo y principalmente, violentos. De lo contrario, habría que explicar por qué habrían de (a) preferir los contenidos violentos y (b) despreciar los contenidos no violentos.

5. En quinto lugar, es necesario creer que los niños se relacionan casi exclusivamente con la televisión y de manera hipnótica, y no tienen otra clase de relaciones : padres, hermanos, familiares cercanos, mascotas, vecinos, etc. De tenerlas, serían menos influyentes que la televisión.

6. En sexto lugar, en fin, hace falta creer que los niños imitan todos los contenidos que ven en la televisión. Y como estos serían principalmente violentos, imitarían principalmente estos. En consecuencia, los niños repiten la violencia que ven la pantalla.

Si creemos, sin asomo de dudas, estas seís proposiciones, entonces lo que tenemos que hacer es eliminar el televisor de la casa y sumarnos a la petición de censurar los contenidos de los programas televisivos. El problema, sin embargo, consiste en demostrar que esas séis tesis sean verdaderas y resistan el análisis crítico, que es el corazón de la actitud intelectual. Como se verá, hay un buen monto de duda razonable.

Como se puede apreciar, todo el edificio descansa sobre una cierta concepción de la mente infantil, como una entidad vacía, pasiva, indefensa y vulnerable. Esta visión de la mente infantil es una versión especificada de una concepción más amplia que atribuye esas mismas características en la audiencia adulta de los medios de comunicación. El concepto tradicional que mejor recoge tales determinacion es el de ‘masa’. Difícilmente pueda haber un concepto más vago, indefinido y lleno de connotaciones peyorativas. La ‘masa’ es entendida ante todo como lo contrario del individuo: mientras la masa es irracional, de reacciones instintivas, sugestionable y manipulable, el individuo es racional, autocontrolado, dueño de sus decisiones, dotado de libertad de conciencia. En verdad, la psicología social, la sociología y la antropología han acuñado conceptos bastante más serios para referirse al comportamiento colectivo; por de pronto, el concepto de ‘grupo social’ salva razonablemente los dilemas a los que conduce moverse dentro de la antinomia ‘individuo.masa’. Conceptos como ‘cultura’, ‘comunidad’, ‘subcultura’ permiten mejores comprensiones.

Apegada a una conceptualización anacrónica, la mitología sobre el poder de los medios de comunicación continúa utilizando indiscriminadamente el concepto de ‘masa’. De igual manera, se procede con la visión habitual que se maneja del funcionamiento de la mente infantil. Autores como Piaget, Papert o Gardner, aportan bastante evidencia en favor de un niño activo, que procesa información, que construye versiones del mundo en el que habita y que le exigen comprensiones sucesivas cada vez más complejas. Similar evidencia ha sido aportada en favor de la tesis de que los niños aprenden tempranamente a distinguir entre realidada y fantasía. Asì, pues, el tipo de niño que los acusadores de la televisión requieren para que sus argumentos censurantes funcionen no existe por ninguna parte.

Menos todavía tiene existencia un niño abstraído de su entorno cultural, habitando en un limbo ad hoc, al que, por curiosa coincidencia, sí llegaría la televisión. Los niños no viven en el vacío social. Tempranamente aprenden normas, valores, reglas de interacción, códigos de comportamiento. Todas estas variables están en juego cuando ven televisión. Así, pues, la televisión ocurre en un mundo ya estructurado y en ese contexto opera. El mito del poder de los medios actuando sobre niños mentalmente indefensos es una invención. Como hemos visto, además se supone que todos los niños son iguales, que todos interpretan los contenidos televisivos de la misma manera. Esto supone borrar de una plumada la evidencia palmaria de la diversidad psicológica de las personas. El mito requiere volver honogéneo e idéntico lo que en realidad no lo es.

Por otra parte, el mito requiere que los niños tengan particular interés por la violencia televisiva. Incluso más, sumando actos de violencia televisiva (siempre sacados de sus contextos) se supone que la dosis cuantitativa es que opera el efecto de provocar las conductas violentas. Cualquier observador imparcial puede darse cuenta que en cualquier programa televisivo que contiene violencia (incluyendo los dibujos animados) lo que se desarrolla es una historia, una narración que la da significado a cada elemento en particular. Los elementos no tiene sentido por sí mismos y aislados del conjunto. Además, en ese conjunto no sólo hay violencia: hay solidaridad, hay gestos de amor y de amistad, hay apoyos desinteresados, hay deseos de justicia, hay verguenza y culpa, en suma, una variedad actitudinal y conductual que no puede ser descartada. Los niños ven todo eso al mismo tiempo. Nada autoriza a pensar que sólo perciben la violencia y que eso es lo único que desean imitar. Todavía más, lo percibido es contrastado inevitablemente con el conjunto de sus propias interacciones familiares y grupales, en las que operan normas y valores.

Otro supuesto del mito es que los niños imitan la violencia que ven en la pantalla. Ya es toda una suposición el que los niños sólo imiten la violencia. Si imitan todo lo que ven, ¿por qué no habrían de imitar también los actos no-violentos que la pantalla también muestra habitualmente?. Si sólo imitan la violencia, entonces lo que hay que explicar la predilección que los niños experimentarían por la violencia y no por otras cosas. En tal caso, la predilección -si es que la hay- no puede ser de responsabilidad de la televisión.

Pero, para efectos de dar espacio al argumento, supongamos que la imitación ocurre. ¿Qué es lo que se sugiere con el concepto de ‘imitación’? ¿se sugiere, por ejemplo, que los niños hacen ‘exactamente’ lo que ven, repitiéndolo tal cual? Si es eso lo que se sugiere, ciertamente hay aquí un equívoco. Si observo un asesinato en la pantalla y luego lo imito (según se dice), entonces se supone que efectúo un asesinato real, una conducta mía que tiene por consecuencia la muerte concreta de otra persona. O sea, los niños cometen asesinatos reales, de hecho matan a sus compañeros de juego. Por cierto, esto no ocurre en la realidad salvo excepciones extraordinarias o accidentes absolutamente únicos. De modo, pues, que los niños no están cometiendo asesinatos, ni degollando, ni masacrando, a nadie en particular en ningún momento de sus existencias infantiles. Seguramente, en consecuencia, lo que queremos decir con la palabra ‘imitación’ es otra cosa. Lo que los niños hacen es jugar, representando simbólicamente lo que ven. Los niños no asesinan permanentemente sino que juegan a matar, o se hacen los muertos (entre muchas otras simulaciones conductuales).

Ahora bien, el mito también requiere que nos olvidemos sistemáticamente de la violencia en la vida cotidiana real de las personas, como si se tratara de un factor irrelevante y no determinante. Ocurre que el grado y tipo de violencia habitual que los niños eventualmente observan en sus entornos cotidianos son un referenete sustantivo; esta presencia real es la que hará más o menos significativa la violencia observada en la pantalla. Nuestro país, según se ha establecido, exhibe inquietantes índices de violencia intrafamiliar y maltrato a menores (por sus propios familiares); en el índice de violaciones, el mayor porcentaje de victimarios son familares directos o parientes cercanos de las víctimas. Estas realidades, ¿no tienen injerencia alguna en el aprendizaje de la violencia por parte de los niños? ¿Por qué se elude sistemáticamente incluir estos antecedentes en el debate sobre la supuesta responsabilidad de la televisión? ¿Por qué se insiste en acusarla como responsable -si es que lo fuera- exclusivo y único?. Por supuesto, la pobreza tampoco es un factor que merezca la atención de los acusadores de la televisión; en sus argumentaciones, la pobreza no existe, no es un factor contribuyente. En suma, sólo y únicamente la televisión causa conducta violenta en los niños. Se trata, sin duda, de una invención basada en la ignorancia sistemática de la multiplicidad de los factores sociales y culturales que entran en juego.

De modo que el alegato está construído sobre la base de supuestos indemostrables, de afirmaciones generales sin fundamento, de lugares comunes no analizados, y una inmensa omisión de los contextos familares y sociales de las personas. Ni qué hablar del estilo ‘demostrativo’ al que se recurre. Puede identificárselo como un recurso que permite generalizar a partir de episodios aislados y de anécdotas. De acuerdo a este procedimiento, basta un caso para probarlo todo. Si, por ejemplo, un niño se lanza desde el edificio en que vive en los Estados Unidos después de ver un capítulo de una serie de Superman, esto prueba que la televisión es culpable; el razonamiento no incluye la posibilidad de averiguar que el mismo día en que tal episodio ocurre, el mismo programa estaba siendo visto por varios cientos de miles de otros niños, ninguno de los cuales se tiró de lugar alguno (incluyendo a aquellos que también vivían en departamentos). De modo que un caso prueba más que varios cientos de miles de otros casos. Este curioso estilo lógico es usado permanentemente por los divulgadores del mito television-violencia.

Cada cierto tiempo, otro episodio viene a ‘comprobar’ otra vez lo mismo. Los dos estudiantes estadounidenses que masacran a su profesor y a un compañero suyo serían otra ‘prueba’ irrefutable. No hay ni una sola reflexión sobre los millones de estudiantes estadounidenses que no han disparado sobre sus profesores y compañeros y que, con toda seguridad, no lo harán en el futuro. Otra vez, un solo caso basta para demostrar un conjunto inexistente. Como es de suponer, el episodio es usado indiscriminadamente y de manera tendenciosa. Tampoco hay la más mínima consideración del hecho sustantivo de que la sociedad estadounidense es una de las más violentas del mundo, con índices voluminosos de criminalidad, con una enraizada cultura del manejo de armas de fuego (disponibles habitualmente en el comercio establecido), y con un historial bélico indesmentible. Nada de eso tiene importancia para los agitadores del mito de la responsabilidad de los medios de comunicación en la violencia. El estilo es siempre el mismo: ignorar la mayor parte de los antecedentes y usar los que conviene de manera tendenciosa.

Tal vez, el más sensato de los consejos para los espíritus desconcertados por la campaña anti-televisión es que repare en el siguiente hecho: en el mundo académico y de la investigación sobre los medios de comunicación, existe de hecho un debate sobre el tema. En consecuencia, no existe acuerdo unánime alguno que permita sacar conclusiones finales. Este debate es algo serio, y se origina en la diversidad de las metodologías que se usan para investigar el problema y en las diversas interpretaciones que se formulan sobre los mismos antecedentes. Ciertamente, los atribulados padres y los urgidos profesores, no están en condiciones de esperar que los hombres de ciencia lleguen a acuerdo. Las presiones sociales y los pánicos morales son más eficientes. La censura es más fácil de implementar que la reflexión seria y responsable. Nada de lo cual hace desaparecer la cuestión sustantiva: los acusadores no tienen pruebas convincentes. Eso no les preocupa y no les exime de actuar como la reina de Alicia en el País de las Maravillas: la sentencia primero, después las pruebas.

Desde la caza de brujas (al menos) en adelante, eso tiene un sólo nombre: conducta supersticiosa y oscurantista.