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Permeables a
todo lo que sucede a su alrededor, los chicos no son
capaces de construir barreras que mantengan su mundo
alejado de las crisis, angustias y conflictos adultos.
Uno de cada cuatro niños expuestos a situaciones
particularmente estresantes como peleas familiares o la
enfermedad de una persona cercana sufre de estrés
postraumático, tal como publicaron en la revista de la American
Academy of Child and Adolescent Psychiatry"
Laura Ann McCloskey y Marla Walker, de la Universidad de
Harvard.
"Cuanto menor es el niño mayor es su grado de
indefensión psicológica y la posibilidad de que una
situación lo desborde", define la pediatra y
psicoanalista infantil Griselda Vázquez, co-directora
del Centro Argentino de Psicoprofilaxis Quirúrgica. Y
explica: "Entonces aparecen alteraciones en el sueño,
llantos o enojos aparentemente inmotivados, regresiones a
etapas evolutivas previas y manifestaciones físicas como
fiebre, erupciones, broncoespasmos y cefaleas, entre
otros múltiples síntomas que se agregan a la invasión
repetitiva de imágenes mentales del hecho traumático".
Más allá de estas situaciones límite, todo conflicto
tiene el potencial de encender en los niños una crisis
de estrés, que por definición es la respuesta a un estímulo
que excede la capacidad de respuesta.
Las crisis familiares también enferman
Un equipo de médicos del policlínico del poblado de
Boniato, en Cuba, analizó la incidencia de las crisis
familiares en la aparición de "desajustes psicológicos
que no llegan a constituir trastornos mentales". Las
manifestaciones clínicas más frecuentes fueron
ansiedad, cefalea, irritabilidad, exceso o falta de sueño
y tristeza, tal como publicaron Odalys García Montes y
colaboradores en la Revista Cubana de Medicina General
Integral.
"Son múltiples los acontecimientos que pueden
generar estrés en el ámbito familiar y repercutir en la
salud de los chicos: la sobreexigencia extrema a la que
se ven sometidos los padres por cuestiones laborales,
problemas de pareja, una enfermedad o la muerte de
alguien querido", describe Beatriz Janín,
psicoanalista y directora del posgrado en Clínica de Niños
de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires.
Ponerle palabras al dolor
La pregunta que se hacen todos los adultos es si la
solución es mantener a los chicos completamente alejados
de los problemas adultos. "Sería necio crear una
pantalla ficticia y prácticamente imposible disimular la
realidad porque los chicos ven, sienten y perciben; además,
si no se habla del problema empiezan a preguntarse si lo
que sucede tiene que ver con ellos, si es por algo que
hicieron."
El silencio, entonces, es el peor camino. Ponerle
palabras a la situación, es un antídoto contra el dolor
que se enquista y se traduce en enfermedades físicas y
alteraciones psíquicas.
La estrategia es decir la verdad sin necesidad de
exponerla en su forma más cruda: "Son los mayores
quienes primero tienen que metabolizar la situación,
para trasmitirla luego a los chicos a través de un
lenguaje que ellos puedan comprender. Un adulto
desbordado no puede contener ni ayudar a un niño, porque
le traslada su propia crisis. Es legítimo que en un
momento una mamá esté desbordada, pero ahí en donde
falta su contención debe aparecer un papá, un abuelo,
un tío o cualquier adulto que cumpla esa función de
sostén, que le ponga palabras a la situación dolorosa",
concluye Janín y recomienda un cóctel de "caricias,
palabras y mimos para que el dolor sea más tolerable".
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